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Un padre perdido en el comedor del colegio

Estamos acostumbrados a mirar a nuestros hijos de cerca y son pocas las oportunidades que tenemos de observarlos desde la distancia, no solo la distancia física mientras juegan en un parque, sino la distancia de hallarnos exentos de responsabilidad para con ellos. Mientras revolotean a nuestro alrededor, se nos suben encima, nos retan, nos desobedecen o nos piden ayuda, somos sus padres y madres, los únicos seres humanos en los que pueden confiar sin condiciones, en los que recae la más gustosa de las responsabilidades. Y ese es también nuestro drama. ¿No os habéis preguntado alguna vez cómo se comportarán nuestros hijos cuando no dependen de nosotros?

En el mundo hay muchos mundos, y uno de ellos, uno de los más importantes, es el colegio. Allí nuestros hijos adquieren roles diversos, se acomodan a otras disciplina y jerarquía, asumen sus propias responsabilidades. Pero cómo, ¿sin nosotros?

Menjador

Hace cosa de un mes tuve el placer de acudir como observador al comedor de nuestro colegio. Aparte del cachondeo que se traían los preadolescentes con el menú (había butifarra y al parecer -primera noticia- la forma del alimento elaborado en cuestión les evoca ciertas similitudes con algo), pude disfrutar del placer de ver sin ser visto, de ejercer de mirón durante tres horas. Respirad tranquilos: la organización es excelente, hay dinámicas, la participación de los niños activa (hasta barren y recogen; ¿podéis creerlo?) y su grado de autonomía, incluso de los más pequeños, elevado. No me queda más remedio, a pesar de mi intención de ejercer de auditor implacable, que dar la enhorabuena a todos los profesionales que acompañan a nuestros hijos. Gracias. Hacéis un trabajo valiosísimo para las familias y, me atrevería a decir, para la sociedad.

Y allí me hallaba yo, paseando, observando, con las manos en los bolsillos, sin tener que llamar la atención a nadie (salvo a un niño mayor que abría y cerraba una puerta con vehemencia y que me miró como a un policía cuando le reprendí –es cosa buena eso de la autoridad-) sin tener que cortar el filete ni servir agua, impresionado por el despliegue de logística, turnos, movimientos de masas infantiles, escaleras arriba y abajo, pero un poco desubicado, no ya porque no pertenezca a ese mundo dentro del mundo, que es de nuestros hijos y sus maestros y sus monitores y tutores, sino por haber constatado que mi hijo, a pesar de lo joven que es (tiene seis años), ya tiene su propia vida cuando yo no lo estoy mirando.

Por lo demás, he comido butifarras menos grasientas, aunque también las he tomado mucho peores, pero nunca rodeado de un nivel tan alto de energía infantil: gritan nuestros hijos, gritan mucho. Pero no os alarméis, que también lo hacen en otras latitudes. Os lo dice alguien que ha sido monitor de campamentos allende los mares.

 

Jesús Gil Vilda, padre de P5 y observador del comedor (Comissió de menjador)